lunes, 17 de febrero de 2014

TRABAJANDO CON EL PICAPINOS



Cuando nos propusimos trabajar con este carpintero infatigable de nuestros bosques y pinares, principalmente durante la época de reproducción de la especie, nos fijamos como reto comprobar la posibilidad de trabajar en “altura” con una instalación mínima que no supusiera una molestia para el ave, y conseguir un nido más bajo que nos permitiera una instalación cómoda y más controlada de cara al resultado final de las fotografías.



Mucho antes de la llegada de la primavera, poco a poco fuimos rastreando varios sitios donde la población de picapinos es relativamente abundante y otros años habíamos visto nidos frecuentes repartidos por los árboles de esas zonas. Como ya comenté, buscábamos de dos tipo. Altos, pero accesibles con una escalera de unos tres metros, y en árboles con  ramas robustas para permitir sujetar parte de la instalación, y bajos a la altura de una persona. En ambos casos en zonas sombrías, discretas y poco transitadas. Dar con los nidos ideales fue bastante complejo y laborioso, además de contar con el factor suerte, ya que los nidos aún estaban desocupados y habría que contar con que fueran usados en la primavera siguiente.

Al final elegimos algunos que se adaptaban bastante bien a lo que buscábamos y con la llegada del buen tiempo cuando la sangre se le altera a todo bicho viviente del bosque, nos quedamos con dos que empezaron a usarse con frenesí por dos parejas de bonitos picapinos. Uno estaba en lo alto de un robusto chopo, en un pequeño soto perdido, y otro en un pequeño pino piñonero, muy bajito, casi a la altura de la cintura de una persona, en un joven pinar de repoblación. Durante varias semanas vigilamos de lejos y con mucho cuidado las idas y venidas de las aves, sus costumbres y sus actividades, esperando el momento justo para realizar las sesiones fotográficas. Las habíamos fijado para los últimos días de permanencia de los pollos en el nido, cuando estos ya son muy grandotes y asoman la cabeza por el agujero de entrada. Es el momento ideal para hacerlo puesto que es cuando ya no se molesta al ave nada y no se corre el riesgo de asustar a los progenitores. La única precaución que hay que tener es la de ajustar muy bien la fecha y apurar lo justo. Ya nos ha pasado otras veces en que por apurar a los últimos días, cuando vamos han volado los pollos, o como en algún caso verlos el mismo día en que abandonan el nido de un salto atrevido al exterior, y zas, la sesión fotográfica al traste. A pesar de esto, preferimos apurar por el bien del ave, que al final después de tantas semanas vigilando llegamos a querer y admirar.

EN LO ALTO DEL CHOPO


El nido en lo alto del chopo estaba en la cara que daba la sombra durante la mañana, periodo en el que debíamos hacer las fotos.

Muy pronto, justo al amanecer y antes de que el ave comenzara con su actividad, ya estábamos al pie del árbol, Para trabajar en altura usamos una larga escalera de unos tres metros. Lo primero fue colocar un modelo del picapinos en la misma postura y justo en la misma situación donde queríamos fotografiarlo. Esto, quizá, fue lo más complicado. Ya lo teníamos todo muy ensayado, en otro árbol parecido para solo llegar y colocar los distintos elementos sin perder ni un minuto. Así que fue llegar y sin decirnos ni una palabra y de noche cada uno nos pusimos a colocar cada cosa como habíamos ensayado. Colocamos el modelo en un palo recto para que estuviera justo en su sitio. Los flashes, dos laterales en dos palos sujetos a las ramas. Dos metz 50 a 1/16. Un metz 44 a 1/32 por detrás y debajo para resaltar el volumen del ave. Y un metz 58 a 1/16 apuntando al dosel de ramas que iba a ser el fondo de las fotos. Los flashes camuflados con redes y hojas, ya que los picapinos son muy listos y desconfiados y podían detectarlos  y asustarse. Luego nos sorprenderían cuando en una de las sesiones un macho muy curioso se dedicó a picotear con interés uno de los flashes, con cierta alarma por nuestra parte (todavía tiene la marca bastante profunda de su fuerte pico).



La barrera la situamos justo debajo en la vertical de donde pensábamos que cortaría el ave. La idea era fotografiar al ave justo al salir del nido para buscar comida.


La cámara se situó sobre dos trípodes grandes, conectado uno al  otro para situarla a dos metros de altura, y bastante alejada para trabajar con una focal de unos 200 mm y así meterla debajo de otro arbolillo y disimular muy bien el conjunto. Debido a estar en alto tuvimos que llevar una escalerita de tres peldaños para poder enfocar y ajustar el encuadre.

Se hicieron tres sesiones y muchas fotos para seleccionar unas pocas, pero la experiencia fue muy interesante y el resultado final bastante aceptable.

EN EL NIDO BAJO DEL PINO PIÑONERO

Para conseguir mejores fotos, más controladas y con un resultado estético más agradable, es recomendable trabajar en condiciones cómodas y que faciliten la instalación del equipo. Aunque la experiencia no reviste tanto desafío técnico, el resultado final es mejor y por ello teníamos también pensada una sesión en un nido mucho más bajo.

El nido estaba inusualmente bajo para esta especie. No es lo habitual y solo se da, según nuestra experiencia, cuando una población de estas aves habita un bosque con árboles de alturas muy bajas. El nido estaba situado en una zona muy sombría bajo la copa de un rechoncho pino, algo muy adecuado para una sesión de alta velocidad. Justo por la tarde en las horas de mayor calor cuando las aves paraban toda actividad y solo las cigarras atronaban con su siseo en el pinar, nos disponíamos a colocar todo el equipo. El calorazo era inmenso y se agradecía estar a la sombra. Colocábamos todo deprisa, la verdad que no era muy difícil, teniendo ya experiencia en este tipo de instalaciones, y en quince minutos entre dos personas quedaba todo colocado. Además, desde los primeros días colocamos palos con unas cajitas negras tapadas con redes simulando los flashes, y un fondo provisional, y una estructura de ramas en la zona donde iría la cámara. Todo para acostumbrar a su presencia a estas desconfiadas aves. De esta forma solo teníamos que sustituir las cajas  por los flashes auténticos sujetos con pinzas con rótula, poner el fondo real en el mismo sitio que el provisional y mover la estructura de ramas para colocar el trípode y la cámara bien camuflada con una red y algunas ramitas. Las aves no desconfiaron nada y además, colocábamos todo rapidísimo al tener la instalación preconfigurada de antemano.
Disponíamos una instalación típica para este modelo de sesión. Dos flashes frontales- laterales metz 50 a 1/16, un flash de contra en alto metz 58 a 1/16 y un flash metz 44 a 1/8 para el fondo artificial de color verde (una pieza de moqueta pintada). El flash de fondo con un filtro de color naranja amarillento suave. La barrera al pie del árbol y en vertical apuntando hacia arriba.


Se hicieron tres sesiones ajustando en la primera el encuadre y la zona de corte ya que el picapinos es un ave con un vuelo irregular y complicado de prever.
El trabajo con estas aves fue precioso y al final emocionante cuando las vimos abandonar los nidos y volar ya libres por el bosque. 

Esperamos que os guste lo que os hemos contado y os sirva de ayuda para vuestros montajes e instalaciones, y para conocer y cuidar más estas preciosas aves.